domingo, 5 de octubre de 2014

tres soluciones fáciles para matar hormigas de azúcar


/ Una voz de locutor; voz que se ha escuchado en la cocina de la abuela cientos de veces. La voz que se puede decir: AH!, esa voz es del locutor del pueblo de donde se viene; se cae en cuenta que esa voz es una voz que se ha querido desde siempre para que se reciten tratados poéticos o vanguardias de esas que se escriben en servilletas de papel

/ el queso de la tortilla hierve y las piernas desnudas sienten el frío que se cuela por la estufa de la cocina.

/ El momento en el cual los líquidos forasteros se riegan por la pantaleta y exterminan las margaritas de niña virgen y de niña que le gusta sentir el jugo de frambuesa por los muslos. Ha de ser eso, que los poemas no pueden ser consoladores. No pueden ser poemas porque los poemas son gemidos de placer.

/ La sonrisa de un hombre que silba, del hombre que se vuelve niño cuando sonríe y los ojos se le hacen pequeños y tornasoles a la luz de la luna.

/ El té de siete flores sirve para la tristeza. Se ha comprado una cajita. Y hasta ahora la cajita todavía está en su plástico. La tristeza el té, el tiempo y la terquedad de la cajita.

/ La radio no podría venderse por su valor sentimental

/  La abuela dice que en todos los continentes del mundo se prepara alguna clase de postre de arroz con leche y azúcar y en América Latina es conocido y amado por casi todos.

/ Las siestas largas siempre van acompañadas con un café.

/ Octubre cinco. La pérdida es material e involucra algunos dólares, un diario forrado de papel periódico, una cadena delgada de oro y los periódicos amarillistas del día siguiente: aquí sucedió que una mujer sin nombre, con domicilio conocido, aparece recostada con ojos de vaca muerta sobre seda roja. Adivina quién. Dícesese de un amante, de un novio celoso. De un postre envenenado. O de un suicidio en honor al calentamiento global.


[El telón se abre, la voz del locutor sigue en continuas muletillas mientras la tortilla se infla y un cuerpo sangra hasta llegar el rojo a la coladera del baño, la servilleta poemario en el lavaplatos, una hoja del diario, una fotografía, un foco reventado, el eco del silbido de la cafetera junto con la sonrisa reflejada en el tostador, el té de las flores marchitas, la radio y el ruido de la receta del arroz con leche y el café de la siesta larga que se revolvió con cianuro, menta y chocomilk de fresa están derramados sobre unos pequeños postres pálidos que se observan huérfanos en la mesita de una cocina sin afeitar.]


-Nicté Toxqui




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