en donde los tres mosqueteros jugaban,
el corredor de la abuela
dejaba de ser corredor,
brincando de un lado a otro,
para ellos el piso era lava.
La imaginación no tenía límites
y es que nunca debe tenerlos.
Para jugar daba lo mismo:
el banco se convertía en volante,
la botella de Coca-Colla en palanca de velocidades,
se sentaban entre el barandal de las escaleras,
cada uno era extranjero,
¡más rápido! ¡más lento! ¡aquí es mi parada!
Pero todo eso quedó atrás,
cada juego, cada risa, cada mañana de verano;
ser federal de caminos, bombero,
domador de leones, rockstar,
pintor, reportero, astronauta...
poco a poco se van separando
cada uno toma su camino.
Ahora, solo a veces, se saludan,
se ven y casi no recuerdan nada,
la vida los ha hecho olvidar.
Los tres mosqueteros nunca regresan,
el corredor de la abuela sigue ahí,
aún existen las mañanas de verano,
sigue esperando a que alguien lo convierta
en alguna galaxia o montaña embrujada,
de repente, un día, llega una niña
y encuentra el escenario más grande del mundo,
comienza a bailar, el público la ovaciona.
-Mariel Almazán
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