Para los que no estén familiarizados con esta práctica, el spinning es un "ejercicio aeróbico y de piernas principalmente, donde el monitor o profesor puede mediante el cambio de frecuencia de pedaleo y de la resistencia al movimiento, realizar topo tipo de intensidades"(según Wikepedia). El asunto es ir pedaleando en una bicicleta estática, con forme pasa el tiempo se le aumenta carga y uno cambia de posición para trabajar varias partes del cuerpo.
Mi primera clase fue hace unos tres o tres años y medio. Iba en la prepa de eso estoy segura. Fuimos mi madre y yo por la mañana. Me presentó a los instructores, me hicieron algunas preguntas sobre mi casi nula actividad física y comenzamos la clase. Al principio hubo puras correcciones, porque sí, el spinning tiene su chiste: "no abras las rodillas", "no te recargues con los brazos en la bici", "mantén el abdomen contraído", "no vayas saltando", era lo que escuchaba y uno se va cansando y cansando. Pero ahí está uno, viendo que todas las demás van como si no pasaa nada y pues le pican el orgullo y sigue. Yo pensaba que la podía aguantar como un profesional y al final de esa clase terminé vomitando porque se me bajó la presión... Sin embargo, me gustó. Continué haciéndolo regularmente hasta que entré a la universidad y poco a poco lo deje de hacer por completo.
Hace unos días, tras sucumbir a la presión social de verme más delgada y de llevar una vida más sana, regresé a spinning. (No hablaré del autoestima y esas cosas porque es algo que me interesa muy poco, en realidad. La menciono por simple honestidad, porque sí, regresé a hacer ejercicio porque me incomoda la idea de pensar pedir una talla más en alguna tienda de ropa, así que ni modo).
Ya montada en la bicicleta todo fluyó de nuevo, la música marcaba el ritmo que tenía que llevar, las cargas iban aumentando hasta llegar al momento donde sentí todos los músculos de mis piernas hacer un esfuerzo sobrehumano para no parar de pedalear y sentarme. Y en medio del drama, del sudor, de la música que hacía casi explotar las bocinas, de mi irregular frecuencia cardíaca, llegué a la vana conclusión de que la vida es como una clase de spinning.
Apelando de nuevo a la honestidad, estas reflexiones sobre la vida y su sentido las han efectuado grandes filósofos del mundo tanto occidental como oriental, por lo que esto no pretende descubrir el hilo negro ni nada por el estilo.
Al principio de la clase se sufre, al menos yo lo hago, pero ya bien entrada en la pedaleada ni se acuerdo de eso, además en ese momento no existen los pendientes escolares, problemas familiares, confusiones amorosas o reflexiones a problemas de mayor seriedad... sólo está ahí, tratando de mantenerse en pie, disfrutando esa sensación de esfuerzo en las piernas, mirándose al espejo y viendo cada gota de sudor que se desliza por el rostro, sintiendo como el corazón bombea tan fuerte que pareciera explotar, escuchando la música e intentando sobrevivir al sofocante calor. Y cuando uno siente que ya no puede dar un poco más porque la fatiga es demasiada, se da cuenta de que si para en ese instante le dolerá más todo, morirá al día siguiente y nunca mejorará ni su condición ni sus piernas. Entonces uno sigue pedaleando, moviendo las piernas, sudando, viviendo. Y termina la clase satisfecha y por más extraño que pueda sonar, feliz.
Entonces sí, la vida como una clase de spinning porque si dejas de pedalear por más difícil que esté la carga, mueres.
-Montserrat Flores
Hace unos días, tras sucumbir a la presión social de verme más delgada y de llevar una vida más sana, regresé a spinning. (No hablaré del autoestima y esas cosas porque es algo que me interesa muy poco, en realidad. La menciono por simple honestidad, porque sí, regresé a hacer ejercicio porque me incomoda la idea de pensar pedir una talla más en alguna tienda de ropa, así que ni modo).
Ya montada en la bicicleta todo fluyó de nuevo, la música marcaba el ritmo que tenía que llevar, las cargas iban aumentando hasta llegar al momento donde sentí todos los músculos de mis piernas hacer un esfuerzo sobrehumano para no parar de pedalear y sentarme. Y en medio del drama, del sudor, de la música que hacía casi explotar las bocinas, de mi irregular frecuencia cardíaca, llegué a la vana conclusión de que la vida es como una clase de spinning.
Apelando de nuevo a la honestidad, estas reflexiones sobre la vida y su sentido las han efectuado grandes filósofos del mundo tanto occidental como oriental, por lo que esto no pretende descubrir el hilo negro ni nada por el estilo.
Al principio de la clase se sufre, al menos yo lo hago, pero ya bien entrada en la pedaleada ni se acuerdo de eso, además en ese momento no existen los pendientes escolares, problemas familiares, confusiones amorosas o reflexiones a problemas de mayor seriedad... sólo está ahí, tratando de mantenerse en pie, disfrutando esa sensación de esfuerzo en las piernas, mirándose al espejo y viendo cada gota de sudor que se desliza por el rostro, sintiendo como el corazón bombea tan fuerte que pareciera explotar, escuchando la música e intentando sobrevivir al sofocante calor. Y cuando uno siente que ya no puede dar un poco más porque la fatiga es demasiada, se da cuenta de que si para en ese instante le dolerá más todo, morirá al día siguiente y nunca mejorará ni su condición ni sus piernas. Entonces uno sigue pedaleando, moviendo las piernas, sudando, viviendo. Y termina la clase satisfecha y por más extraño que pueda sonar, feliz.
Entonces sí, la vida como una clase de spinning porque si dejas de pedalear por más difícil que esté la carga, mueres.
-Montserrat Flores
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