martes, 19 de noviembre de 2013

Y...

Entonces, un día cualquiera, sentada en un banquillo, aprendí a usar el pluscuamperfecto.


- María García




lunes, 11 de noviembre de 2013

De escaramuzas y fandangos

Sigue en pie, aguanta
Siente
No ve nada
Mira al cielo y ve nada
Es azul, repleto de nubes grises
Diluvio en la claridad
Y no ve,         ve nada
                         Nada que no sea
                                   La sangre en sus manos
La misma puerta se abre          y           se cierra. 

Caminó
Dejó atrás caridad y piedad
Evaporó: vienen fácil
tres centavos en su bolsillo

Saltan

                              [La cara de una hegemonía vestida de mujer]
Se lamentó por las lágrimas
                              [una señora robusta nunca implora]
Una estela
cede contrastada coreografía
                      [Cartas, sueños, besos, blancos, tíos, padres, flores, hombres
                            sonrisas, mujeres, compinches, palabras, abrigo, canarios de petróleo
                            voces roncas, guitarras, desafinadas, baterías entonadas, batallas, no, salvadas
                           luces despampanantes, amores radicales, campos amarillos con fresas bajo el agua                                                       
                            cortes de pelo, arte moderno, hijos, desertores, un inseparable, universo de disparos]

Veracidad, monstruosidad
dibujada como una gran ciudad de escalas grises
cerca, muy cerca de mí
                               [silueta de un hombre]
Una pared fea, ahora una obra de arte
Lejos, muy lejos de tí

Ya
no hay sangre en sus manos
Es un gatillo
                             gatillo de pistola
                             gatillo de palabras
mata igual

¿A quién nunca se le han ocurrido
Los vicios
De una
                  Una aislada
Rapsodia bohemia?


-María García


domingo, 10 de noviembre de 2013

Basado en...


Pequeño fragmento basado en la película "Across the Universe" de Julie Taymor



Entró al bar. Era un lugar tranquilo, solitario a las dos de la tarde… Claro que nunca parecían las dos. Estaba nublado la mejor parte del día, lloviendo. Sólo en las noches parecía mágico, con las gotas secándose sobre los vuelos de las ventanas. Pero gris. Gris como él. 
          Pidió un par de cervezas, porque sabía que no saldría del bar a menos que estuviera perdido. Sumergido en alcohol. Así que otro tarro de cerveza. Y uno más. Dos. 
            Frente a él, en el espejo, veía a un joven de cabello negro y ojos tristes. Pobre tipo. Si hubiera algo que lo hiciera feliz definitivamente no era el olor a puerto y a metal de la posguerra. No era un ancla en la tierra ni el óxido sulfuroso.
            Abrió la carta, breve, de Max. Max, a quien no había visto desde antes de la guerra. Max… que no decía nada pero podría estar inválido en una cama de formol y sangre. Max y otros miles. Max y toda la década.
            Leyó las palabras, decían que todo estaba bien. Que era bueno volver. Que todo podría ser peor. Que pronto sería como antes en poco tiempo. Mentía. No decía eso. Él cerró la carta casi sin leerla y tomó un trago.
            Se abrió la puerta y Max entró al bar; se sentó junto a él, como siempre, tomando un tarro de cerveza confianzudamente. Se lo empinó como auténtico irlandés; nadie hubiera adivinado que era un yankee por auto-denominación. Él lo miró sin saber qué decir, sólo haciendo contacto a través del cristal manchado. No se veía como soldado... tal vez no mentía. 
            Él esperó. Max encendió un cigarrillo. Pasó el tiempo. Él pidió otra cerveza y Max prendió su tercer cigarro.
            “¿Qué hay?” Dijo Max, finalmente. Él siguió mirándolo por el espejo. En el espejo, todo se veía más pintoresco. Había sol, hombres sonrientes en el bar, un cantinero amable... “No estés triste; el mundo no necesita que lo enfríes más.”
            Él miró el fondo de su tarro, porque le abrumaba una mancha amarillenta en el reflejo de sus dos siluetas. No costaba mucho trabajo limpiarla, pero nadie lo hacía nunca. Aún le quedaba media cerveza. 
          "Conque, ¿cargando el mundo?".
       No sabía si había bebido más de la cuenta, pero Max hablaba mucho y su voz lo incitaba a escucharlo como antes y pretender que seguía entendiendo todas sus palabras.
            “Regresa. Es momento, ¿no? Ya la encontraste, ahora ve por ella; lo sabías cuando la dejaste meterse, cuando llegaste.”
            Él suspiró. No quedaba cerveza. Max solía tener la razón. La tuvo cuando lo conoció, cuando lo llevó a Nueva York, cuando los dejó y cuando volvió a escribir. Max lo sabía todo, porque era Max. ¿Cómo no saberlo? Tenía todas las soluciones en la palma de la mano; nadie le quitaría nunca eso. Ni el jodido sombrerero tricolor con barba de chivo. 
            Se levantó, golpeando un cenicero repleto de recuerdos y espolvoreando promesas en la mesa. No quedó a mirar el humito transparente disolverse en la mesa de madera, que ahora resplandecía. 
            Salió del bar, pensando en volver. Se quitó la chamarra, como inmune al frío del puerto; tampoco escuchó a las gaviotas gritar por su presencia. Llegó a la puerta y se volvió. La mancha amarilla seguía en el mismo lugar efímero y Max no estaba sentado a la barra, sino que lo miraba por el espejo, cruzando el universo. 

-María García

A nuestro Padre

Padre nuestro
¿de quién eres al decir que eres nuestro?
¿quiénes son los hijos tuyo, Padre?
Por qué estás en el cielo
y no en la tierra,
junto con las criaturas que creaste.
Santificado u olvidado
  sea tu nombre.
Venga a nosotros lo que hay
en tu reino.
Hágase mi voluntad,
  así en la tierra
    como en los cielos
      como en los infiernos.
No me des el pan de cada día,
enséñame a hacerlo,
con el sudor de mi frente
y el trabajo de mis manos.
¿Cuáles son las ofensas que
debes perdonar, según tú?
Déjanos caer en tentación,
No me libres de todo mal
porque yo he de cuidarme,
cuidarme de mis acciones
   o de mi destino.


-Montserrat Flores

sábado, 9 de noviembre de 2013

Ojalá esto no fuera Puebla

Ojalá esto no fuera Puebla
con sus calles
y pichones que no
le tienen miedo a nada,
las campanas le hacen coro
a la música del antro.
los antros no sirven:
borrachos
         niñas encueradas
                            reggaetón
los antros no sirven
de nada, sino para
quedarte más solo,
sentirte foránea.

Ojalá esto no fueran
los días uno y otro
y otro y otro
con el acento gangoso
de la gente
de la high.

Ojalá esto no fuera Puebla
sino el café de la parroquia,
los pichones que
vuelan esquizofrénicos
y fuera un pueblo chico
como infierno.

Ojalá.


~ Nicté Toxqui 

jueves, 7 de noviembre de 2013

Abismo

Y entonces regresé a la realidad, en donde volví a ser yo, lentamente, dejando que mi mente aterrizará en la cruda y cruel verdad de mi ser. Con calma caminé hacia el espejo, me quedé un rato parada frente a él. Apreté con todas mis fuerzas mi puño, y comencé a golpear. Vi como mi reflejo se iba partiendo en varios pedazos, pero no me detuve, fue hasta que mi mano estaba completamente roja.

Varios pedazos de vidrio se me habían enterrado. Tomé alcohol del pequeño buró de mi cuarto y lo vacié, cual indio sin dolor, en mi mano.

¿Cómo era posible que no sintiera dolor? El dolor físico no importaba, mi alma y todo mi ser estaban perdidos, no había más esperanzas, era muy tarde, había caído a un abismo, a un pozo sin fin, estrecho y negro, del cual nadie podría sacarme. 

Estaba totalmente perdida.



-Mariel Almazán

miércoles, 30 de octubre de 2013

La musa

Acechando va, con cuidado de no ser vista, atenta a todo detalle. Pasan los días, pero a ella no le preocupa nada, sólo ve a su siguiente presa. Y llega el día donde por fin asalta a su pobre víctima; lo seduce con una mirada, lo encanta con una palabra, lo embruja con su sonrisa. ¡Pobre hombre! Ahora es propiedad de la musa, soñará con ella, escribirá de ella y por ella, sentirá que con ella lo tiene todo y sin ella todo le sobra.
       Así es la musa, despreocupada, libre, vanidosa, egocéntrica.
Nunca se fíe de una musa.


-Montserrat Flores

martes, 29 de octubre de 2013

Reflexiones del Parque

Ves  una pareja, a lo lejos. Se abrazan sin reír, se besan sin sentir... Al final, cada uno parte mano en mano, sin mirarse. Te parece curioso. ¿No perciben la desenvoltura cruel de los lazos? ¿No sienten el vacío sincero, lo más sincero incluso, del no sentir? ¿No se miran a los ojos y descubren, sin profunda sorpresa, que el sol que se oscurece día a día se ha quedado, en una de esas vueltas, en el subterráneo piélago?  
     Porque tú lo percibes, los miras, lo notas. Son esas cosas inexplicables de la vida, la entropía escondida resiliente a cambiar. La honestidad que llega en máscara de rutina, danzando victoriosa porque es lo que deseaban ellos y todos: el momento en que ambos saben y entienden un mismo lenguaje, los mismos conceptos. 
      Y ellos se van, viviendo su dulce olvido, escribiendo su epitafio, pensando verdades que solían ser mentiras, sumergidos en su ausencia, en ese abrazo sin alas. 
     Y tú te quedas, escuchando la sirena métrica del terremoto, despierto en una metafórica cama de hospital.


María García