Y entonces regresé a la realidad, en donde volví a ser yo, lentamente, dejando que mi mente aterrizará en la cruda y cruel verdad de mi ser. Con calma caminé hacia el espejo, me quedé un rato parada frente a él. Apreté con todas mis fuerzas mi puño, y comencé a golpear. Vi como mi reflejo se iba partiendo en varios pedazos, pero no me detuve, fue hasta que mi mano estaba completamente roja.
Varios pedazos de vidrio se me habían enterrado. Tomé alcohol del pequeño buró de mi cuarto y lo vacié, cual indio sin dolor, en mi mano.
¿Cómo era posible que no sintiera dolor? El dolor físico no importaba, mi alma y todo mi ser estaban perdidos, no había más esperanzas, era muy tarde, había caído a un abismo, a un pozo sin fin, estrecho y negro, del cual nadie podría sacarme.
Estaba totalmente perdida.
-Mariel Almazán
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