Pequeño fragmento basado en la película "Across the Universe" de Julie Taymor
Entró al bar. Era un lugar
tranquilo, solitario a las dos de la tarde… Claro que nunca parecían las dos.
Estaba nublado la mejor parte del día, lloviendo. Sólo en las noches parecía mágico, con las gotas secándose sobre los vuelos de las ventanas. Pero gris. Gris como él.
Pidió un par de
cervezas, porque sabía que no saldría del bar a menos que estuviera perdido.
Sumergido en alcohol. Así que otro tarro de cerveza. Y uno más. Dos.
Frente
a él, en el espejo, veía a un joven de cabello negro y ojos tristes. Pobre
tipo. Si hubiera algo que lo hiciera feliz definitivamente no era el olor a
puerto y a metal de la posguerra. No era un ancla en la tierra ni el óxido
sulfuroso.
Abrió
la carta, breve, de Max. Max, a quien no había visto desde antes de la guerra.
Max… que no decía nada pero podría estar inválido en una cama de formol y
sangre. Max y otros miles. Max y toda la década.
Leyó
las palabras, decían que todo estaba bien. Que era bueno volver. Que todo podría ser peor. Que pronto sería como antes en poco tiempo. Mentía. No decía eso. Él cerró la carta casi sin leerla y tomó un trago.
Se abrió la puerta y Max
entró al bar; se sentó junto a él, como siempre, tomando un tarro de cerveza
confianzudamente. Se lo empinó como auténtico irlandés; nadie hubiera adivinado
que era un yankee por
auto-denominación. Él lo miró sin saber qué decir, sólo haciendo contacto a
través del cristal manchado. No se veía como soldado... tal vez no mentía.
Él
esperó. Max encendió un cigarrillo. Pasó el tiempo. Él pidió otra cerveza y Max
prendió su tercer cigarro.
“¿Qué
hay?” Dijo Max, finalmente. Él siguió mirándolo por el espejo. En el espejo,
todo se veía más pintoresco. Había sol, hombres sonrientes en el bar, un cantinero amable... “No estés triste; el
mundo no necesita que lo enfríes más.”
Él
miró el fondo de su tarro, porque le abrumaba una mancha amarillenta en el reflejo de sus dos siluetas. No costaba mucho trabajo limpiarla, pero nadie lo hacía nunca. Aún le quedaba media cerveza.
"Conque, ¿cargando el mundo?".
No sabía si había bebido
más de la cuenta, pero Max hablaba mucho y su voz lo incitaba a escucharlo como
antes y pretender que seguía entendiendo todas sus palabras.
“Regresa.
Es momento, ¿no? Ya la encontraste, ahora ve por ella; lo sabías cuando la
dejaste meterse, cuando llegaste.”
Él
suspiró. No quedaba cerveza. Max solía tener la razón. La tuvo cuando lo
conoció, cuando lo llevó a Nueva York, cuando los dejó y cuando volvió a
escribir. Max lo sabía todo, porque era Max. ¿Cómo no saberlo? Tenía todas las soluciones en la palma de la mano; nadie le quitaría nunca eso. Ni el jodido sombrerero tricolor con barba de chivo.
Se
levantó, golpeando un cenicero repleto de recuerdos y espolvoreando promesas en
la mesa. No quedó a mirar el humito transparente disolverse en la mesa de madera, que ahora resplandecía.
Salió
del bar, pensando en volver. Se quitó la chamarra, como inmune al frío del
puerto; tampoco escuchó a las gaviotas gritar por su presencia. Llegó a la puerta y se volvió. La mancha amarilla seguía en el mismo lugar efímero y Max no estaba
sentado a la barra, sino que lo miraba por el espejo, cruzando el universo.
-María García
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