lunes, 9 de junio de 2014

Negro en domingo

Aviso sorprendentemente considerado: nadie debe escoger un domingo veraniego para morirse, pero si no se redactan las cosas al momento, el sentimiento se impregna mucho menos en las palabras. Si son susceptibles a estos temas, lean con precaución. 

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Decidía qué tan prudente era probar bocado cuando sonó el teléfono. En mi imaginación sonó el teléfono, claro, porque es más poético recordar el vibrante tono de los teléfonos negros de disco, más pesados que yo. También prefiero decir que fue el teléfono para hacerle justicia a ella, que no merecía ninguno de los tratos que le dimos.   
            No merecía que, habiéndonos bendecido, nos enteráramos de la noticia en una publicación discorde del tercer milenio. Merecía una carta –cansada de viajar en tren –entregada en persona, un telegrama urgente con la tinta corrida por el agua y la sangre de la Harbor, un EXTRA EXTRA! gritado desde el Little Bastard… mínimo merecía una sílaba radiofónica que huele eternamente a Chanel No. 5. y luce labios rojos y lentes verdes.
            El caso es que “sonó el teléfono” y todo fue caos, porque el alcohol no terminaba de evaporarse y la película no llevaba ni diez minutos de empezada. Con un sentimiento curioso, casi de indiferencia, rehusé la sudadera enorme y busqué pantalones elegantes y una cruz de esmeraldas. El maquillaje fue perfecto también, aunque con culpa me miré al espejo pensando en que no hay evento más social que un funeral. Y llegué, después de media hora y una lluvia de momento triste en las películas de Disney.
            Curioso, de nuevo.
            Había mucha gente, pero no reconocí caras. Buscaba una en particular, pensando en que debía estar sufriendo. ¿Realmente se sufre por la persona muerta? Pero hubo algo en el trayecto del pasillo al sillón que cambió la inocente indiferencia por una realidad tintineante que no deja dormir al sabio; la energía.
            Dicen que los muertos te roban la energía, pero se equivocan los simplistas. La energía te la roban los agobiados vivos que no saben ni de dónde sujetarse para sobrellevar la pérdida. Al muerto ya no le importa, ya no necesita energía. No se siente mal por haberse ido y, si pudiera ver, se compadecería de lo pobres que somos por seguir aquí abajo (cristianamente hablando). Y ese es otro de mis problemas: cuando no se cree en nada, ir a un velorio específicamente religioso hasta resulta hipócrita.
            Pues bien, abracé a la familia –que es, en teoría, la mía –y me senté allí anhelando un café que no fuera soluble (un café de 70 pesos del Starbucks que puedo pagar sólo en mis mejores días de la quincena). Pobre abuelita Tina (será mi familia, pero no era mi abuelita), se fue sin que nadie de nosotros cuatro se enterara. Peor tantito, solo dos fuimos lo suficientemente valientes para mirar por el ataúd.
Esa no es la abuela, es un muñeco de cera. No se parece a ella. Cristo, la abuela murió.
No debí ver, porque la primera imagen de un cadáver persigue a cualquiera en las noches, pero ella merecía que le dijéramos adiós. Después de todo, compartió un Bailey’s conmigo en dos o tres ocasiones y nos dedicó un suspirillo de sus últimas palabras. Merecía que no le tuviéramos miedo.
Y luego todos rezaron. Creo que expié los pecados de mis últimos 20 años en esos rosarios y aves marías… descubrí que puedo recitar de memoria. Y las palabras, como todas las ilusiones perpetuamente caóticas disfrazadas de sentido, dejan de tener significado. Ojalá no fuera estudiante de literatura para que el significado de lo que digo dejara de pesarme, pero lo soy. Lástima. Y lo único que repetí esa última media hora de rosarios fue: pobre abuelita. Tan cansada en su vida y después de muerta se ponen a rezarle incansablemente. Sus allegadísimos ni siquiera lloran, porque no piensan lo que dicen, solo repiten.
Tal vez, en mi poca fe, olvido que es una barrera mental para proteger al alma del dolor. La distrae de la sensación de vacío que deja la pobre abuelita. O, tal vez, tengo razón y la gente es tan mansa como poco profunda. El caso es que no pensé en la abuelita más de una vez en todo el rezo.

Y después, con una rosita blanca y deshecha, le aventaron agua bendita. Entonces lloré amargamente y no por hipocresía; fueron lágrimas del alma y pena. La muerte le goteaba encima a esa pobre mujer. A la pobre mujer y a la pobre de mi, porque yo sigo aquí, pensando en que se mueren poco a poco las únicas que merecen tener su vida caóticamente disfrazada de sentido en un libro.
–María F. García

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