Aviso sorprendentemente considerado: nadie debe escoger un domingo veraniego para morirse, pero si no se redactan las cosas al momento, el sentimiento se impregna mucho menos en las palabras. Si son susceptibles a estos temas, lean con precaución.
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Decidía qué tan prudente era
probar bocado cuando sonó el teléfono. En mi imaginación sonó el teléfono,
claro, porque es más poético recordar el vibrante tono de los teléfonos negros
de disco, más pesados que yo. También prefiero decir que fue el teléfono para
hacerle justicia a ella, que no
merecía ninguno de los tratos que le dimos.
No
merecía que, habiéndonos bendecido, nos enteráramos de la noticia en una
publicación discorde del tercer milenio. Merecía una carta –cansada de viajar
en tren –entregada en persona, un telegrama urgente con la tinta corrida por el
agua y la sangre de la Harbor, un EXTRA EXTRA! gritado desde el Little Bastard… mínimo merecía una
sílaba radiofónica que huele eternamente a Chanel No. 5. y luce labios rojos y
lentes verdes.
El
caso es que “sonó el teléfono” y todo fue caos, porque el alcohol no terminaba
de evaporarse y la película no llevaba ni diez minutos de empezada. Con un
sentimiento curioso, casi de indiferencia, rehusé la sudadera enorme y busqué
pantalones elegantes y una cruz de esmeraldas. El maquillaje fue perfecto
también, aunque con culpa me miré al espejo pensando en que no hay evento más
social que un funeral. Y llegué, después de media hora y una lluvia de momento
triste en las películas de Disney.
Curioso,
de nuevo.
Había
mucha gente, pero no reconocí caras. Buscaba una en particular, pensando en que
debía estar sufriendo. ¿Realmente se sufre por la persona muerta? Pero hubo
algo en el trayecto del pasillo al sillón que cambió la inocente indiferencia
por una realidad tintineante que no deja dormir al sabio; la energía.
Dicen
que los muertos te roban la energía, pero se equivocan los simplistas. La
energía te la roban los agobiados vivos que no saben ni de dónde sujetarse para
sobrellevar la pérdida. Al muerto ya no le importa, ya no necesita energía. No
se siente mal por haberse ido y, si pudiera ver, se compadecería de lo pobres
que somos por seguir aquí abajo (cristianamente hablando). Y ese es otro de mis
problemas: cuando no se cree en nada, ir a un velorio específicamente religioso
hasta resulta hipócrita.
Pues
bien, abracé a la familia –que es, en teoría, la mía –y me senté allí anhelando
un café que no fuera soluble (un café de 70 pesos del Starbucks que puedo pagar
sólo en mis mejores días de la quincena). Pobre abuelita Tina (será mi familia,
pero no era mi abuelita), se fue sin que nadie de nosotros cuatro se enterara.
Peor tantito, solo dos fuimos lo suficientemente valientes para mirar por el
ataúd.
Esa no es la abuela, es un muñeco de cera. No
se parece a ella. Cristo, la abuela murió.
No
debí ver, porque la primera imagen de un cadáver persigue a cualquiera en las
noches, pero ella merecía que le dijéramos adiós. Después de todo, compartió un
Bailey’s conmigo en dos o tres ocasiones y nos dedicó un suspirillo de sus últimas
palabras. Merecía que no le tuviéramos miedo.
Y
luego todos rezaron. Creo que expié los pecados de mis últimos 20 años en esos
rosarios y aves marías… descubrí que puedo recitar de memoria. Y las palabras,
como todas las ilusiones perpetuamente caóticas disfrazadas de sentido, dejan
de tener significado. Ojalá no fuera estudiante de literatura para que el
significado de lo que digo dejara de pesarme, pero lo soy. Lástima. Y lo único
que repetí esa última media hora de rosarios fue: pobre abuelita. Tan cansada
en su vida y después de muerta se ponen a rezarle incansablemente. Sus
allegadísimos ni siquiera lloran, porque no piensan lo que dicen, solo repiten.
Tal
vez, en mi poca fe, olvido que es una barrera mental para proteger al alma del
dolor. La distrae de la sensación de vacío que deja la pobre abuelita. O, tal
vez, tengo razón y la gente es tan mansa como poco profunda. El caso es que no
pensé en la abuelita más de una vez en todo el rezo.
Y
después, con una rosita blanca y deshecha, le aventaron agua bendita. Entonces
lloré amargamente y no por hipocresía; fueron lágrimas del alma y pena. La
muerte le goteaba encima a esa pobre mujer. A la pobre mujer y a la pobre de
mi, porque yo sigo aquí, pensando en que se mueren poco a poco las únicas que
merecen tener su vida caóticamente disfrazada de sentido en un libro.
–María F. García