miércoles, 30 de julio de 2014

Tres etapas de un adiós

Para Dolores GY
Muerte
            Lola murió un martes, un martes 20 de mayo a medio día. Pensaba, creo yo, que ya había vivido mucho tiempo, así que decidió morir.
Para cuando esto sucedió, ella ya no era ni la cuarta parte de lo que algún día había sido; ahora era una viejita delicada, con ojos tristes, grandes, escondidos bajo unos lentes redondos rayados por el tiempo. Su cabello se había vuelto fino de color entre cenizo y blanco. Tenía arrugas al costado de los ojos y su boca delgada siempre seca y silenciosa.
            Lola  no era mi verdadera abuela pero durante toda la vida ella actuó como una conmigo. En las navidades era obligatoria la visita a su casa que se encontraba llena de canciones, de luces y de aguinaldos que eran repartidos después de arrullar al niño Dios. De hecho, eran repartidos por mí pues cada año me elegía como madrina, entonces, me cantaba para que no tardara al repartirlos.
            Toda la vida fui acogida por sus besos, sus mimos y fui declarada, por su propia mano, reina de mi casa. Cuando llegaba un poco más grande se alegraba de verme y sonreía a pesar de que ella se deterioraba de poco en poco hasta que un día dejó de existir. Se fue probablemente sofocada por la tristeza que conlleva la pérdida del verdadero y único amor o agotada por una vida llena de rebeldía, uno no sabe cómo se fue, temo decir.

Sueño
            La soñé un miércoles, dos semanas después de su muerte. ¿Por qué? No sé, le mentiría a usted, estimado lector, al darle una razón pero supongo fue la nostalgia de no tenerla, el arrepentimiento de no haberle dado más, de no ir más seguido conforme pasaron los años, la culpa de no haber estado ahí sosteniendo su mano, la tristeza de saber que nunca más estará aquí, la duda del por qué ella decidió terminar todo. La soñé en su departamento, todo parecía real. Subí las escaleras al último piso, abrí las dos puertas y ahí estaba ella, sentada del lado izquierdo del sillón rojo, pero el largo que queda de frente a la puerta. El espejo estaba arriba de ella y junto, a la izquierda, estaba su retrato de joven con la blusa azul y el cabello suelto. A la derecha de la puerta, su televisor, su dvd y todas su películas y antes de llegar a la ventana, el baúl grande donde nos sentábamos cuando íbamos a visitarla. Del otro lado de la puerta, estaban todos sus santos; el Señor de las Maravillas, el Niño Milagros de no sé dónde, la Virgen de Dolores o quizá era de la Soledad, Jesús de Nazaret, por sólo nombrar unos pocos. Bajo ellos había velas e inciensos prendidos en nombre de alguien, vivo o muerto. Ella tenía una camisón de franela blanco con florecitas azules, me recibía con besos y me sentaba a su lado. Puso su fría mano sobre la mía y no dijo nada, así fue todo el sueño.
            Anonadada y vacía desperté con su ausencia que me siguió toda la semana y con una angustia de no saber si ella estaría bien.

Catarsis/Adiós
            Casi siete semanas después del martes fatídico hubo un rosario para pedir por alguien más que había fallecido pocos días atrás. 
            Paso el primer misterio. En el segundo preguntaron si alguien quería dedicarlo, fue ahí cuando pedí por ella. De ahí hasta que terminaron de rezar Lola inundó mi ser al grado de no poder mencionar ni una palabra por el llanto, llanto que no hubo antes, llanto que trajo alivio para mí, para ella, para ambas.
            Fue un domingo seis de julio donde nos dijimos el adiós que durará hasta el día de mi muerte. Un adiós que no dimos en persona, ni en un ataúd y muchos menos cuando ella ya era ceniza, sido cumplida la promesa que tienen los creyentes  de “polvo eres y en polvo te convertirás”. El adiós que dejó impregnada a Lola en mi ser y que me lleva a escribir estas palabras para y por ella.

            Adiós Lola, Lola la grande.



-Montserrat Flores

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