La vi una noche.
Eran las nueve y yo justo regresaba del teatro, porque había ido a ver un ballet impresionante. Fue tan sublime y las actuaciones tan perfectas que me pareció haber vivido a través de ellas; sentí que yo había estado bailando las dos horas y que, por alguna razón, yo había pasado mi vida bailando ballet sin interrupción, como si fuera mi vocación. Regresé de ahí, de aquel teatro de 1760, como una persona nueva y transformada.
Yo no manejaba; manejaba mi papá, rodeado de un olor a alcohol y niebla, culpabilidad que corroe gargantas como ácido. En el asiento del copiloto venía mi hermano, tan distraído como siempre, tan bondadoso como siempre, jugando con una linterna a la mitad de la noche. Alumbraba las calles y los terrenos abandonados, esos desolados que se ven tétricos de noche y no pertenecen a nadie. Tal vez se ocultara allí algún animalito solo, sin familia, refugiado de la maldad de la vida.
Y entonces la vi y conectamos miradas un par de segundos. Era una niña de estatura normal y complexión débil; sus piernas se tambaleaban con cada paso que daba al tiempo que sus manos efectuaban una complicada coreografía de dolor en el que sus cabellos negros se enroscaban en sus dedos y la mano libre estrujaba su corazón como si quisiera arrancarlo. Y tenía una mirada tan triste que pude ver sus pupilas a la mitad de la noche. Me rogó que la ayudara con los ojos, porque tenía unos ojitos cafés que hablaban cuando su boca no podía: me decía todo, me pedía auxilio.
Después de muchos intentos fallidos de respirar cayó al suelo y se rasparon las rodillas y ella, como frágil vaso de vidrio, también se rompió. Y no supo cómo juntar los pedazos. Y luego gritó un nombre que pocos saben pronunciar y un nombre que nadie adivinaría. Y gritaba al tiempo que me miraba y yo escuchaba mi alma romperse con esa pobre niña perdida que no tenía nada. Que buscaba a alguien.
Mi coche siguió, surcando cada calle y rincón mientras la lámpara de mi hermano alumbraba desesperadamente. Y yo, aunque iba con ellos, estaba rota en ese pedazo del pavimento.
Regresé a casa muerta y vacía después de una hora de recorrer todo el pueblo. Y la gente nos veía, me veía, a través de la ventanilla del coche. Y veían mis ojitos rotos pidiendo ayuda.
Yo hubiera corrido con la niña, tocado en cada puerta, gritado mil veces el mismo nombre, porque no sólo había perdido una cosa esa noche, se había perdido la luz de sus ojos. Nadie supo que ella no podía buscar sola, pero que necesitaba recorrer las calles a pie y gritando para que alguien sintiera su dolor y tuviera compasión. Y porque nadie lo supo, porque nadie sabía lo que significaba, nadie la ayudó.
Esa pobre niña... Si tan sólo yo hubiera sabido que buscaba a su perrito por siempre perdido.
-María F. G.
No hay comentarios:
Publicar un comentario