Bajo ninguna cuestión altere el destino. Déjese llevar ligerito por la melodía de las ocho treinta de la mañana cuando sabe que de algún modo vienen oportunidades mejores. Cuando de algún modo también le alegren el día con simplezas. Ayude a cualquier persona que le pida auxilio en una materia y hágale la plática. Cambie sus opiniones, sus prejuicios. Destruya la pared invisible que divide la comodidad de lo catastrófico. De lo insoluble. Ayude, más bien, a sí mismo a abrirse los ojos. Cuando alguien le invité un café, y le compre una vela, estará perdido para siempre. Riesgo: su corazón ya no es suyo desde el momento en que el roce descuidado de la otra persona le haga temblar de momento y sienta la presión rojiza de la cara y quisiera que el tacto se convirtiera en algo más cotidiano. Mire, le pongo un ejemplo: algún día pensé que si me iba a subir a un taxi era definitivo para huir y no para pensar que era el mejor día de mi vida. El mejor día de la vida cuando se sube al taxi destartalado con el amor de su vida. Y entiende usted la frase cliché de que, cuando eres joven, te sientes libre, y sientes que vives y eres inmortal. Y a lo lejos, en el paisaje milenario se observan fuegos artificiales. Imagine: esos fuegos artificiales los trae por dentro cuando ve por casualidad (o no) a esa persona por primera vez en el día todos los días. Que por la ventanilla, la noche es incierta pero infinita, y ese aire helado que rasguña su alma se disuelve con el calor de un abrazo. Y quizá el sueño se le anude en la garganta porque su risa se siente como casa, y quizá al recostarse en su hombro quiere gritar que es ahí, ese lugar magnífico donde podría quedarse para siempre. Y se queda usted para siempre. El té ya no le sabe amargo, los precios bajan, el azul es amarillo. Vaya. Es una cosa casi de locos andar queriendo como se le quiere a su cafetería favorita. Además, de forma extravagante se le impregna una ternura masiva hacia las personas como cuando mira usted una viejita regando sus plantas. Créame cuando le digo que bajo ninguna cuestión altere el destino. Cuando lee que en el amor "no se debe buscar porque llega", hágale caso a la advertencia. Vamos, no está de más. Déjese llevar por el encantamiento absurdo de las cadenitas mala vibra del email, o cualquier red social que prometen un mensaje de su amor a la media noche. Crea en la suerte, y si no le parece, pues deshágala, machúquela con todas sus fuerzas como si fuera a hacer puré. Que al fin y al cabo termina escribiendo cosas cursis y nadie le dice nada. Porque todos creemos en el amor queramos o no. Porque bajo todas estas cuestiones podría aventarme de un barranco tarareando su nombre. Déjese llevar ligerito por el lugar común que lo tiene embelesado. Ese lugar común que ama, y el que, por así decirlo, se convierte en la barbarie más loca, libre, leal y profunda de sus días.
Nicté Toxqui.